Un ecosistema de fraude a escala global
Las revistas depredadoras no son un fenómeno aislado, sino una pieza más de un ecosistema global de engaños académicos que incluye cárteles de citación, revistas secuestradas, conferencias fantasmas o compra de autorías y de artículos completos. Todo es susceptible de venderse en el mercado negro de la ciencia. Una plaza de primer autor puede comprarse ya por apenas 800 dólares1. Las cifras del fraude son devastadoras. El número de artículos sospechosos de proceder de fábricas de artículos se duplica cada 18 meses, diez veces más rápido que la literatura legítima2. Solo la extinta Hindawi retractó más de 8.000 artículos en 2023, cuyo proceso de revisión resultó manipulado a través de números especiales, y el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) arrastra más de 10.000 retractaciones de actas de congresos por el mismo motivo durante dos décadas3. Hay cientos de ejemplos en la literatura, pero las revistas depredadoras siguen siendo los más sangrantes.
Definir con precisión qué es una revista depredadora sigue siendo motivo de debate. El propio Jeffrey Beall, quien acuñó el término, las describió como publicaciones en acceso abierto que maximizan el pago por publicar (Article Processing Charges [APC], es decir, cargos por procesamiento de artículos) sin realizar procesos válidos de revisión por pares y garantizando la publicación inmediata. Un grupo internacional de expertos acordó después, tras un Delphi de tres rondas, una definición de consenso en 18 de 33 rasgos propuestos: entidad que prioriza el interés propio sobre la actividad académica, con información falsa, desviación de las buenas prácticas y captación agresiva4,5. Ha surgido además una modalidad más difícil de detectar. Un estudio de la Universidad de Granada identificó al menos 36 revistas antes indexadas en Scopus o Web of Science, en manos de editoriales como Elsevier o de universidades públicas, que tras ser adquiridas por editoriales fantasma dispararon sus tarifas y su volumen de artículos, lo que motivó que Scopus retirara las 36 cabeceras de su índice6. Son las denominadas journal snatchers. Mismo engaño, pero más sutil; sin embargo, todas suman
La magnitud numérica resulta difícil de fijar. En el listado de Beall, cuando se cerró en 2017, figuraban 1.155 editoriales acusadas de prácticas depredadoras; un análisis bibliométrico posterior calculó que la cifra ascendía a 22.000 títulos7, y por ahí anda la cosa, ya que la base de datos Cabells Predatory Reports registraba 20.274 títulos en 20268. El problema, sin embargo, no es solo de escala, sino de contagio, ya que cada revista depredadora activa, cada artículo publicado en ellas, es una fuente potencial de contaminación bibliográfica. Un estudio mostró que, de 3.671 artículos publicados en 26 revistas depredadoras médicas, el 31,4% recibió al menos una cita en Web of Science9. Los más de 8.000 artículos retractados de Hindawi acumularon, por su parte, más de 35.000 citas antes de ser retirados. Medicina Clínica también alerta de un riesgo grave para las publicaciones de medicina, así, por ejemplo, en 158 de 204 artículos (77,4%) de enfermería citaban revistas depredadoras10. Por tanto, el problema afecta a la calidad de la información que consumimos, algo especialmente grave para la investigación clínica, aparte del timo económico que supone para autores e instituciones.
Somos fáciles de timar porque las revistas depredadoras se alimentan de nuestra prisa por publicar. Y esa prisa tiene una explicación en la presión académica. Asimismo, el dinero y el volumen en juego atraen a todo tipo de aves de presa; lo diré claro, para las revistas somos APC andantes, y esto también lo han descubierto las multinacionales de la edición, que bien podrían sumarse a la lista como depredadoras con traje y corbata. Solo algunos datos que lo ilustren: el gasto mundial en tasas de procesamiento de artículos entre los seis grandes editores casi se triplicó entre 2019 y 2023, de 910 a 2.538 millones de dólares anuales11. En Europa y Estados Unidos, el incremento del precio de estas tasas fue tres veces mayor que la inflación general12. Pero lo que realmente pagamos dista mucho de lo que cuesta procesar un artículo, ya que el coste oscila entre 195 y 723 dólares en la mayoría de las revistas13, mientras el APC que nos cobran ronda entre 2.000 y 3.000 dólares, siendo más alto en revistas híbridas, entre 3.500 y 3.800 dólares, y notablemente más en ciencias de la salud14. Esta escalada revela un mercado donde la presión por publicar se convierte en fuente de ingresos tanto para actores legítimos como ilegítimos por igual.
Alguna soluciones
Por tanto, debemos estar alerta si queremos detectar revistas depredadoras. Para quien recibe una invitación, normalmente por correo electrónico con aspecto de spam, la decisión se resuelve con tres preguntas: a) ¿conoce la revista por su trayectoria o solo por el correo recibido?; b) ¿puede verificar de forma independiente su indexación real y la identidad de su editor?, y c) ¿el mensaje insiste en la rapidez de la revisión o en el pago como condición poco transparente? Si la respuesta a la primera y segunda pregunta es no y a la tercera es sí, lo prudente es declinar15. Asimismo, recomendamos el uso de bases de datos bibliográficas que realicen una curación y verificación real de sus contenidos; Web of Science, por ejemplo, intenta depurar su índice, aunque cobra un precio elevado por ese servicio16, mientras que otras fuentes como Google Scholar y OpenAlex son un coladero de contenidos publicados en revistas depredadoras17.
Otra recomendación es visitar las bibliotecas de tu centro. Las bibliotecas tienen aquí un papel que a menudo se subestima, ya que el personal bibliotecario conoce las revistas de su comunidad, puede verificar indexaciones reales frente a afirmaciones infundadas, y constituye un punto de consulta ante cualquier duda editorial. Asimismo, puede informar sobre revistas legítimas de acceso abierto con acuerdos institucionales para el pago de tasas, como el suscrito por CRUE-Universidades Españolas, en el caso de las universidades, y el CSIC con Elsevier, Wiley, Springer Nature y ACS. Un respaldo del que las revistas depredadoras carecen por completo18,19. Tenedlo claro, una simple consulta a la biblioteca puede disipar todas las dudas.
Finalmente, hemos de mencionar que la solución también avanza desde los sistemas de evaluación. Marcos más cualitativos, como los propuestos en DORA o CoARA, desplazan el peso hacia el juicio experto sobre el contenido de cada trabajo, restando valor al mero hecho de publicar. Un ejemplo evidente es ANECA, que penaliza la publicación en medios con revisión por pares cuestionable, sistemáticamente no contrastable o manifiestamente deficiente20. Avanzar hacia sistemas abiertos controlados cualitativamente por la propia comunidad científica es la solución utópica, pero mientras tanto, enseñar el ecosistema del fraude debería ocupar un lugar central en la formación de cualquier investigador, porque frente a un negocio que se alimenta de nuestra prisa por publicar, lo mejor sigue siendo tener criterio contrastado para pararse a pensar, al menos unos minutos, dónde publicaremos nuestros resultados.