Introducción
La Atención Primaria (AP) es el espacio natural para integrar actividades de prevención, promoción de la salud y toma de decisiones compartida, por su continuidad asistencial y su capacidad para identificar población de riesgo1. En este marco, el cribado del cáncer de pulmón (CP) ocupa hoy un lugar singular: el tumor sigue siendo la principal causa de muerte por cáncer y la mayoría de los casos se diagnostican en fases avanzadas2. Los ensayos National Lung Screening Trial (NLST) y NEderlands Leuvens Longkanker Screenings Onderzoek (NELSON) demostraron que la tomografía computarizada de baja dosis (TCBD) reduce la mortalidad por CP en población de alto riesgo3,4. Además, un metanálisis de ocho ensayos estimó una reducción relativa de la mortalidad específica del 19%, con una reducción absoluta aproximada del 0,4% y un número necesario a cribar de 250, aunque a costa de sobrediagnóstico y hallazgos incidentales5. La revisión sistemática para la United States Preventive Services Task Force (USPSTF) subraya, además, que los posibles beneficios conviven con falsos positivos, procedimientos invasivos innecesarios, sobrediagnóstico, incremento transitorio del distrés y cáncer radioinducido6.
La traslación de esta evidencia a la práctica clínica exige seleccionar adecuadamente a las personas candidatas. El beneficio del cribado no es inmediato: una revisión de supervivencia estimó que deben transcurrir 3,4 años para evitar una muerte por CP por cada 1.000 personas cribadas, de modo que la esperanza de vida y la carga de comorbilidad importan tanto como la exposición tabáquica7. Además, la efectividad no es homogénea. Un análisis comparativo de NELSON y NLST sugirió variabilidad según sexo, tabaquismo acumulado, situación tabáquica e histología, lo que refuerza la idea de que no todos los perfiles de riesgo obtienen el mismo rendimiento clínico del cribado8.
La implementación real también depende de aspectos organizativos y comunicativos. En Asia, la captación para TCBD mostró una tasa combinada de utilización del 46%, mayor en personas con antecedentes de problemas respiratorios, antecedentes familiares de cáncer y mayor nivel educativo, y menor en hombres y fumadores activos9. En paralelo, los instrumentos de ayuda a la toma de decisiones han mostrado utilidad para mejorar el conocimiento y favorecer decisiones informadas. En un ensayo realizado en AP, una herramienta web de ayuda a la toma de decisiones aumentó el conocimiento y la utilización del cribado sin incrementar la ansiedad ni el arrepentimiento decisional10. Una revisión sistemática y un metanálisis de ayudas a la toma de decisiones encontró una tasa agrupada de realización del cribado del 40% y una intención de cribado del 57% entre las personas que las usaron11. Más recientemente, un ensayo australiano observó que un folleto breve, un cuadernillo y un vídeo podían alcanzar niveles similares de elección informada (63-67%), mientras que dos ensayos pragmáticos mostraron que las herramientas digitales dirigidas a pacientes, integradas o no en la historia clínica electrónica, mejoran la identificación de elegibles, la solicitud de TCBD y la realización del cribado12-14.
Junto a la decisión de cribar, la deshabituación tabáquica es un componente inseparable del proceso. Un ensayo factorial en personas fumadoras incluidas en programas de cribado mostró que una mayor intensidad de consejo incrementa la abstinencia tabáquica a los 6 meses15, y su evaluación económica indicó que ocho sesiones de consejo asociadas a 2 semanas de tratamientocon sustitutivos de nicotina constituyen una estrategia coste-efectiva16. Asimismo, los estudios de preferencias de reclutamiento sugieren que la información debe ser clara, breve, multimodal y adaptada al nivel socioeconómico: la comunicación digital es preferida por la mayoría, pero mantener opciones en papel puede ser clave para no aumentar inequidades17.
En España, el Programa de Actividades Preventivas y de Promoción de la Salud (PAPPS) en la actualización de 2024 no recomienda todavía un cribado poblacional generalizado del CP y propone una valoración individualizada en personas de alto riesgo, preferentemente en contextos piloto y con recursos organizativos suficientes18. En este escenario, conocer cómo perciben los profesionales de AP la utilidad, la factibilidad y las condiciones de implementación del cribado resulta especialmente relevante. El objetivo de este estudio fue explorar la opinión de profesionales sanitarios de AP sobre el cribado del CP, el papel de la TCBD y los biomarcadores, y las barreras para su eventual incorporación a la práctica asistencial.
Material y métodos
Se realizó un estudio transversal mediante una encuesta online, anónima, dirigida a profesionales sanitarios de AP en activo en España (anexo 1). Se incluyeron especialistas y personal en formación de Medicina y Enfermería Familiar y Comunitaria que aceptaron participar voluntariamente.
El muestreo fue no probabilístico por conveniencia. Tomando como referencia los datos del Instituto Nacional de Estadística de 2023 sobre profesionales colegiados de medicina y enfermería en AP, la población marco se estimó en 647.653 profesionales. Para una precisión del 5% y un nivel de confianza del 95%, se calculó que necesitaríamos estudiar a una muestra de 384 profesionales; tras un ajuste del 10% para compensar posibles no respuestas, el tamaño deseable ascendió a 422 participantes19.
Se diseñó un cuestionario ad hoc revisado mediante juicio de expertos. La encuesta se distribuyó por vía electrónica a través de listas profesionales de la semFYC y mediante difusión por bola de nieve (cada uno de ellos a los y las profesionales de su centro de salud). Recogió variables sociodemográficas y laborales, familiaridad con las recomendaciones actuales, utilidad percibida del cribado, opinión sobre biomarcadores y pruebas de imagen, conocimiento del proyecto CASSANDRA20 y barreras para la implementación.
Se efectuó un análisis descriptivo basado en frecuencias absolutas y relativas. El estudio contó con autorización del Comité de Ética de la Investigación de la Comunidad Autónoma de Aragón (CEICA) y se garantizó el anonimato y la confidencialidad de las respuestas.
Resultados
451 personas contestaron al cuestionario y, de ellas, 444 (98,3%, intervalo de confianza [IC] 95%: 96,83-99,25) dieron su consentimiento para participar y lo cumplimentaron. La muestra estuvo compuesta mayoritariamente por profesionales de Medicina Familiar y Comunitaria (372/444; 83,8%, IC 95%: 78,71-85,71), seguida de residentes de Medicina de Familia (36/444; 8,1%, IC 95%: 5,82-10,85), Enfermería Familiar y Comunitaria (23/444; 5,2%, IC 95%: 3,42-7,54), residentes de enfermería (6/444; 1,4%, IC 95%: 0,61-2,87) y otras categorías (6/444; 1,4%, IC 95%: 0,61-2,87). Entre los formularios con información geográfica disponible, Cataluña y Aragón concentraron el 63,1% de la participación. El 51% refirió más de 20 años de experiencia en AP (IC 95%: 45,51-54,70) y el entorno de trabajo fue predominantemente urbano (tabla 1).
Las actividades preventivas fueron consideradas prioritarias por el 90% de la muestra (IC 95%: 86,91-92,46) y el 85% identificó la falta de tiempo en consulta como la principal barrera (IC 95%: 80,05-87,01). En relación con el cribado del CP, el 82% apoyó su incorporación a programas de salud pública (IC 95%: 78,23-85,31) y el 88% (IC 95%: 84,70-90,71) manifestó que se sentiría cómodo informando y recomendándolo si existiera un programa institucional. No obstante, el 56% declaró no estar familiarizado con las recomendaciones actuales (IC 95%: 51,48-60,65) y el 52,5% (IC 95%: 47,83- 57,08) consideró insuficiente la evidencia científica para implantarlo de forma generalizada. La práctica totalidad de la muestra (99%) opinó que el cribado debería incluir obligatoriamente un programa de deshabituación tabáquica. La figura 1 resume los hallazgos cuantitativos principales.
Respecto a las herramientas diagnósticas, el 59% (IC 95%: 54,34-63,48) percibió que actualmente no existen biomarcadores útiles y disponibles, aunque el 89% (IC 95%: 85,17-91,1) los utilizaría si estuvieran validados y a su disposición. El 61% (IC 95%: 56,39-65,40) descartó la radiografía de tórax con fines de cribado y el 79% (IC 95%: 77,53-84,72) identificó la TCBD como la prueba indicada. Aun así, el 49% (IC 95%: 44,4-53,6) consideró que la TCBD debería utilizarse de forma aislada y el 63% (IC 95%: 58,55-67,45) señaló que su prescripción y viabilidad desde las consultas de AP no es posible en la situación actual. Solo el 56% (IC 95%: 51,42-60,58) consideró factible la implementación con el tiempo actualmente disponible, el 36% (IC 95%: 31,57-40,43) con el personal actual y el 26% (IC 95%: 22-30) con los recursos financieros disponibles. Únicamente el 21% (IC 95%: 17,37-24,63) conocía el proyecto CASSANDRA, aunque más del 91% (IC 95%: 85,70-97,10) de ese subgrupo identificó correctamente los criterios de inclusión poblacional relativos a la edad y al nivel de consumo de tabaco. Las principales barreras percibidas se resumen en la tabla 2.
Discusión
Se ha conseguido el tamaño muestral suficiente para hacer inferencia de los resultados a las y los profesionales de AP. Este estudio muestra una posición globalmente favorable de estos profesionales hacia el cribado del CP, pero también una actitud matizada y prudente. La mayoría considera prioritarias las actividades preventivas, valora positivamente el cribado y apoyaría su incorporación a programas públicos; sin embargo, más de la mitad declara no conocer bien las recomendaciones actuales, y casi la mitad considera insuficiente la evidencia para implantarlo hoy en la población diana española. Es decir, más que una adhesión acrítica, los resultados reflejan un apoyo condicionado a que exista un marco institucional claro, formación suficiente y circuitos asistenciales realistas.
La principal barrera señalada fue la falta de tiempo, seguida de la presión asistencial, la escasez de personal y la limitación de recursos materiales y financieros. Este hallazgo es coherente con la literatura sobre implementación del cribado en AP. La infradetección de personas elegibles, la información tabáquica incompleta y la dificultad para incorporar conversaciones de decisión compartida en consultas saturadas ayudan a explicar la baja utilización observada en contextos reales9,13,14. Estudios en profesionales de primer nivel también han señalado la disponibilidad de tiempo como una de las preocupaciones dominantes para adoptar estrategias personalizadas de cribado21. Por ello, los hallazgos deben interpretarse no solo como una valoración del cribado, sino también como una evaluación indirecta de la capacidad del sistema para sostenerlo. Otros programas de cribado experimental llevados a cabo en España y Europa también destacan que el nivel de toma de decisiones informadas en función de los distintos métodos de selección de participantes invitados a participar importa22: un enfoque personalizado desde AP conduce a un mayor conocimiento y facilita la toma de decisiones informada más allá del sexo y nivel socioeconómico del participante.
Nuestros datos sugieren una oportunidad clara para reforzar la decisión compartida con herramientas estructuradas. La coexistencia de apoyo al cribado y desconocimiento de las recomendaciones indica que el problema no es exclusivamente actitudinal, sino también formativo y organizativo. La evidencia más reciente apunta en la misma dirección. Las ayudas a la decisión aumentan el conocimiento y la calidad del proceso decisional10-12, y los programas digitales dirigidos al paciente han logrado mejoras modestas pero significativas en identificación de elegibles, solicitud de TCBD y realización del cribado13,14. Para la AP española, estas estrategias pueden ser especialmente valiosas porque desplazan parte de la carga informativa fuera del tiempo estrictamente clínico y permiten estandarizar mensajes sobre beneficios, riesgos, criterios de elegibilidad y pasos siguientes.
Otro hallazgo que destaca por su gran robustez es el consenso casi unánime sobre la necesidad de vincular el cribado a programas de deshabituación tabáquica. Esta percepción es consistente con las recomendaciones internacionales y con los ensayos que muestran que intensificar el consejo en el contexto del cribado mejora la abstinencia15,16. Integrar la deshabituación no solo incrementa el valor preventivo del programa; también evita transmitir el mensaje erróneo de que una TCBD negativa compensa el riesgo acumulado del tabaquismo. Desde una perspectiva de AP, el cribado solo parece aceptable si se concibe como parte de una estrategia preventiva más amplia y no como una actuación aislada basada exclusivamente en la prueba de imagen. La cesación tabáquica tanto para la prevención del CP como para la aparición de un segundo cáncer es hoy por hoy incuestionable23.
En relación con las pruebas diagnósticas, la muestra identifica de forma clara la TCBD como la técnica de elección y descarta en gran medida la radiografía de tórax, en línea con la evidencia disponible3-6. Sin embargo, una proporción importante considera que la TCBD no debería utilizarse de forma aislada. Esta cautela es razonable. La utilidad del cribado depende tanto de la reducción de mortalidad como de la contención de sus efectos adversos, y la literatura insiste en la carga de falsos positivos, procedimientos invasivos y sobrediagnóstico5,6. En ese contexto, la buena disposición hacia biomarcadores validados expresa una expectativa clínica comprensible: disponer de herramientas complementarias que mejoren la estratificación del riesgo o el triaje de nódulos podría reducir incertidumbre y consumo innecesario de recursos24. No obstante, la evidencia disponible sigue siendo insuficiente para incorporarlos a la práctica rutinaria, por lo que la percepción de «no disponibilidad actual» expresada por la mayoría de la muestra resulta congruente con el estado real del conocimiento. Otra línea esperanzadora es la incorporación de la inteligencia artificial (IA) en la reducción de la carga de trabajo de los radiólogos como filtro de primera lectura. Esta hipótesis ha sido analizada en el ensayo europeo 4-IN-THE-LUNG-RUN (4ITLR), comparando clasificaciones erróneas negativas con las de los radiólogos y el impacto en las tasas de derivación. La IA superó a los radiólogos con un número significativamente menor de casos de «no maligno» y, por lo tanto, resultó prometedora como primera lectura en un programa de cribado25.
La limitada familiaridad con el proyecto CASSANDRA también merece atención. Más allá del conocimiento concreto de un programa piloto, este dato revela una brecha de comunicación entre el nivel institucional y la AP. Si se pretende avanzar hacia modelos organizados de cribado en España, será necesario habilitar espacios de cocreación para garantizar su factibilidad, tanto en la definición de sus criterios de inclusión como en circuitos de derivación, papel de la deshabituación tabáquica y responsabilidades compartidas con neumología, radiología y salud pública20. Las experiencias recientes en otros países apuntan, además, a que la información ofrecida a la población para facilitar la toma de decisiones compartida debería combinar soportes digitales con materiales breves y claros, manteniendo alternativas en papel para grupos con mayor vulnerabilidad social17, o el impacto de los sistemas de apoyo a la toma de decisiones clínicas vinculados a la historia clínica electrónica que pueden mejorar la detección precoz del cáncer, pero solo si son fáciles de usar y ahorran tiempo a los médicos de AP26.
Las implicaciones prácticas del estudio son claras. Antes de cualquier implantación generalizada deberían reforzarse, al menos, cuatro componentes: a) formación específica con programas de formación personalizados27 sobre la evidencia, elegibilidad, beneficios, riesgos y tiempo hasta beneficio del cribado7; b) circuitos protocolizados para identificar personas candidatas y facilitar decisión compartida; c) integración obligatoria de programas de deshabituación tabáquica, y d) respaldo estructural a la AP mediante la flexibilización de agendas para incluir todas las actividades con el tiempo necesario para ello, dotación de más personal, mayor acceso a pruebas y ampliación de la financiación. La percepción de que solo el 26% considera factible la implementación con los recursos económicos actuales y el 36% con el personal disponible indica que, sin inversión específica, el cribado podría añadir carga sin mejorar equidad ni resultados.
Aunque la TCBD ha demostrado su eficacia para reducir la mortalidad por CP, se estima que hasta el 96% de los nódulos detectados mediante TCBD son de carácter benigno24. La baja especificidad de la prueba de imagen genera alta ansiedad en los pacientes, saturación del sistema y biopsias innecesarias. Además, esta prueba diagnóstica a menudo conduce a la detección de otros hallazgos incidentales ajenos a la indicación principal del cribado. Estos hallazgos constituyen un reto diagnóstico, terapéutico y de gestión que puede comprometer su implantación y aumentar el sobrediagnóstico y sobretratamiento. El hallazgo más prevalente es la calcificación de las arterias coronarias, que aparece en un rango promedio del 50% de los casos, seguida del enfisema y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (20-50%), enfermedad pulmonar intersticial (5-15%) y otras anomalías torácicas tales como aneurismas de aorta torácica, granulomas, bronquiectasias, alteraciones tiroideas, mediastínicas, óseas e incluso mamarias28-30. Para aumentar la adherencia de los pacientes, se han diseñado diferentes medidas como una intervención de salud digital administrada directamente a los pacientes que aumentó modestamente las tasas de realización de una tomografía computarizada para la detección de CP en comparación con la atención habitual31.
Este estudio presenta fortalezas entre las que destacan el tamaño muestral alcanzado que permite hacer inferencia a una población similar a la estudiada, el interés práctico del tema y la aportación de datos útiles para la planificación de un eventual cribado organizado desde una perspectiva de AP y la opinión de los profesionales sobre las medidas de prevención. Respecto a las limitaciones, podríamos remarcar que el muestreo fue no probabilístico y por conveniencia, con difusión digital y efecto bola de nieve, por lo que el denominador real de invitaciones es desconocido y no puede estimarse una tasa de respuesta poblacional y que, por la misma razón, contestaran preferentemente las y los profesionales más motivados. Además, la mayor parte fueron especialistas de Medicina de Familia y de dos comunidades autónomas, lo que podría condicionar de forma parcial la percepción en función de sus modelos de salud autonómicos. Añadir también que los resultados encontrados permiten hacerse una idea de una situación mediante un cuestionario no validado elaborado por expertos.
En conclusión, los y las profesionales de AP muestran una actitud favorable hacia el cribado del CP, pero entienden que su implementación solo sería razonable si se acompaña de deshabituación tabáquica, formación y recursos específicos. El principal desafío no parece ser convencer a la AP de la relevancia del problema, sino apoyarse en la mejor evidencia, formación específica, herramientas de toma de decisiones compartidas y mediante la facilitación con tiempo, personal y financiación acordes con la actividad.


